Páginas

sábado, 3 de agosto de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLXXX). Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

 
El domingo pasado nos habíamos quedado en que, tras haber dado de comer a miles de personas con cinco panes y dos peces, la multitud buscaba a Jesús para proclamarlo rey, y como Jesús, puso tierra por medio y se retiró solo a la montaña.
Bueno, pues hoy el evangelio nos muestra como aquella multitud que buscaba a Jesús lo acabó encontrando. Pero su búsqueda era una búsqueda interesada; es decir, lo buscaban no porque les hubiera impactado su mensaje o su predicación. No. ¿Por qué lo buscaban pues? Pues porque les había dado de comer hasta quedar hartos, y querían asegurarse tener la tripa llena. Por eso le buscaban.
Y a nosotros hoy nos pasa tres cuartos de lo mismo. ¿Para qué buscamos a Dios? ¿Para que llene nuestras almas con su gracia y vivamos según su voluntad, o más bien lo buscamos para que dé solución a nuestras necesidades materiales de salud corporal,  dinero, de trabajo, de felicidad...? Mirad, cuando no logramos de Dios lo que nosotros queremos, llegamos a ser como los israelitas durante el camino hacia la tierra prometida, que nos ponemos a murmurar de Dios y somos capaces de cualquier cosa por conseguir lo que queremos. De cualquier cosa. Hasta de dejarnos domesticar por el mismísimo demonio y vender nuestra alma al mejor postor.
Por eso Jesús hoy nos dice que tenemos que trabajar por un alimento que no perezca. Es decir, no sólo hemos de pedir a Dios cosas materiales, que no está mal que se las pidamos, sino que sobre todo hemos de pedirle aquello que alimente nuestro espíritu. Y el alimento principal para nuestro espíritu, para el alma, es el Sacramento de la Eucaristía. Así de claro. El pan que necesitamos para seguir caminando, para alcanzar la tierra prometida, la felicidad nuestra y de los demás, es el Pan con mayúsculas que Jesús nos da: su Cuerpo y su Sangre. ¡Eh!. No nos engañemos. No podemos caminar sin el Pan de Vida. No podemos vivir sin la Eucaristía. Si no comulgamos, y se sobreentiende que para comulgar, hay que estar en gracia de Dios, que no se puede pasar así a comulgar por las bravas, de cualquier manera, ¡eh!, ¡no!; si no comulgamos, nuestra alma se quedará más seca que la mojama.
Vamos a pedirle pues, a la Virgen María, que sintamos auténtica necesidad del verdadero Pan de Vida. Que tengamos hambre de la Eucaristía. Hambre de Cristo. El único alimento que nos hará verdaderamente libres y que nos ayudará a superar toda esclavitud a la que podamos estar sometidos.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.
 

viernes, 26 de julio de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLXXIX). Domingo XVII del Tiempo Ordinario


Durante los próximos domingos vamos a hacer una interrupción en la lectura del evangelio según san Marcos, que leemos este año, y vamos a leer en la celebración el capítulo 6 del evangelio según san Juan, el capítulo conocido como el discurso del Pan de Vida, un fragmento con un claro y profundo trasfondo eucarístico.
Y comenzamos la lectura del capítulo 6 de san Juan con el conocido pasaje del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Y si la primera lectura nos cuenta que el profeta Eliseo alimentó a toda la comunidad, que vendrían a ser un centenar de personas, con veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; el evangelio va todavía más allá, y nos recuerda que Jesús, con cinco panes y dos peces, dio de comer a una montonada de gente enorme. Si sólo los hombres eran unos cinco mil, imaginaros cuantos habría contando a las mujeres y los niños. Y no solamente eso, sino que, además, sobraron 12 canastos después de haber comido todos y quedado satisfechos.
Este milagro es, pues, un signo que revela quien es Jesús. Y así lo entiende la multitud, que le reconoce como Mesías y profeta, y que quieren hacerle rey; lo que provoca que Jesús ponga tierra de por medio y se retire para estar a solas en la montaña, que teológicamente es un lugar de encuentro con Dios.
Por su parte, san Pablo, en la segunda lectura, nos llama a vivir nuestra fe en la unidad, cimentados en un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo. Esto tiene que movernos a cultivar aquellas virtudes que favorecen y fortalecen la unidad entre todos nosotros, y de un modo especial, entre los nos consideramos cristianos.
Y no querría terminar sin señalar una cosa, y es la generosidad del muchacho del evangelio que puso en manos de Jesús los cinco panes y los dos peces. Con aquello, con tan poco, Jesús hizo el milagro de dar de comer a aquella multitud. Pidámosle nosotros a la Virgen María que no desaprovechemos los pequeños gestos, las pequeñas ayudas que podamos hacer y que nos hagan: parecen nada, pero en las manos de Jesús serán mucho.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 19 de julio de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLXVIII). Domingo XVI del Tiempo Ordinario


Estos domingos hemos ido viendo en la lectura del Evangelio al Señor Jesús y a los apóstoles predicando la buena noticia del Reino de Dios. Hoy los vemos volver de su misión –si recordáis, la semana pasada veíamos como Jesús los enviaba a predicar por Israel curando enfermos, expulsando demonios, y predicando la conversión-, y se nos abre un poco la intimidad de Jesús con sus elegidos, en un intento de retirarse a descansar. Pero el corazón de Buen Pastor de Jesús no se desconecta, ya que el Evangelio nos cuenta que vio una multitud y se compadeció de ella porque andaban como ovejas que no tienen pastor.
Pues bien, esa imagen de Jesucristo como pastor del pueblo de Dios es el centro de las lecturas de hoy. En Él se cumple la profecía de Jeremías de que, frente a los dirigentes de Israel que lo han pastoreado mal y lo han dispersado, Dios promete un pastor bueno que reunirá a las ovejas. Y es que, como podemos apreciar, Cristo, en su vida, ya fue un pastor siendo cercano a la gente. Y mediante la cruz, uniendo en uno solo a los dos pueblos –judíos y gentiles- dio muerte al odio. Es el Señor quien nos hace descansar en verdes praderas, nos lleva a recostarnos cerca de fuentes tranquilas y nos guía por senderos justos por el honor de su nombre.
Pidamos, pues, a la Virgen María, que sepamos acercarnos a descansar con Jesús, que cada domingo nos invita a escuchar su Palabra de Vida, y a disfrutar de su compañía, para que así, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveremos siempre en sus enseñanzas cumpliendo sus mandamientos.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 12 de julio de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLXVII). Domingo XV del Tiempo Ordinario

 
En el evangelio de este domingo se nos habla del envío de los apóstoles. Jesús, nos dice san Marcos, los había elegido para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar.
Mirad, Jesús, siguiendo el estilo de los antiguos profetas, como Amós, recorría los pueblos anunciando la buena noticia del Reino de Dios, y quiso que sus discípulos hicieran lo mismo: predicar, expulsar los demonios y curar. Para ello reciben unas instrucciones; instrucciones que conservan su valor en todo y lugar: han de actuar confiando tan solo en Dios y en la fuerza del mensaje que llevan.
Pues bien; también hoy Jesús nos llama y nos envía a anunciar el Reino de Dios. A cada uno desde su lugar. Y a cada uno nos da una misión. Y no hay razón para que intentemos escaquearnos de este encargo. Si os fijáis, en la primera lectura el profeta Amós quería justificarse diciendo que era un simple pastor. También nosotros empleamos la excusa de que no sabemos hacer las cosas para no aceptar el compromiso de la llamada y del envío que hemos recibido en el Bautismo, cuando fuimos marcados por el Espíritu Santo. Cada uno, en una comunidad, tiene que aportar lo que tiene, los dones que Dios le ha dado. Ninguno somos precisos, es verdad; pero todos somos necesarios.
Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María, que sepamos anunciar el evangelio sobre todo con nuestra vida, sin superficialidad, sin crearnos necesidades superfluas –que es a lo que se refiere Jesús cuando dice que vayan sólo con un bastón, sin pan, ni alforja, ni dinero suelto-, y así todos puedan saber que Dios nos ha bendecido en la persona de Cristo, ya que, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

sábado, 22 de junio de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLXVI). Domingo XII del Tiempo Ordinario



«¿Quién es este?», vemos en el evangelio que se preguntan entre sí los apóstoles, tras ver calmada de golpe la tempestad. «¿Quién es este?».
La respuesta la tenemos clara: Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos. Seguramente que los apóstoles, tras aquella experiencia, y aunque no tuvieran la respuesta a esa pregunta, comprendieron que Jesús era alguien que era más que Moisés y que Elías, alguien que hablaba con autoridad, alguien que no se dejaba inquietar por las fuerzas del mal.
Mirad, la narración del evangelio pretende ser una instrucción acerca de la fe que los discípulos necesitan para seguir a Jesús. Ya en la primera lectura, Dios, que habla a Job desde la tormenta, se muestra como creador del universo y Señor del mar; y Jesús, en el evangelio, aparece como Señor del mar y de la tormenta, símbolos de las fuerzas que luchan para obstaculizar la difusión de la buena noticia.
Pues bien, al igual que ocurre en el pasaje de la tempestad calmada, Jesús también calma hoy nuestras tormentas y apacigua nuestros miedos, como frenó el viento y el oleaje desatados en el mar de Galilea y liberó a sus discípulos del miedo que los había sobrecogido.
Y es que, no lo neguemos, más de alguna vez hemos experimentado en nuestra vida pequeñas o grandes «borrascas» y nos hemos sentido zarandeados e incluso mareados por la fuerza de las olas. Y no solo en nuestra vida personal, sino también en la vida social y como cristianos hemos tenido que remar contra corriente dando la impresión de que la barca se fuera a hundir. Porque no lo podemos negar, eh, no lo podemos negar: la Iglesia está metida ahora en medio de unas tormentas, internas y externas, de grandes dimensiones. Hasta podemos pensar que Jesús duerme, o que nos ha abandonado. Y, como los discípulos, le increpamos: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Sin embargo, Jesucristo siempre está ahí. Somos nosotros los que no sabemos verle. Aflora entonces nuestro miedo y nuestra falta de fe, como a los discípulos en el pasaje evangélico. Como los discípulos, tenemos una fe débil. No confiamos en Cristo todo lo que debiéramos. Es por ello necesario siempre alimentar nuestra fe.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que interceda por nosotros para que el Señor nos fortalezca, para que sin temor, nos manifestemos como discípulos suyos, ya que, en medio de las borrascas, tormentas y granizadas de esta vida, como dice san Pablo «nos apremia el amor de Cristo» que murió y resucitó para salvarnos.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.
 

sábado, 15 de junio de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLXV). Domingo XI del Tiempo Ordinario


Las parábolas de la semilla que germina por sí sola y la del grano de mostaza que de la pequeñez alcanza la grandeza que escuchamos hoy en el evangelio y el pequeño esqueje plantado, de la primera lectura, que se convierte en un árbol frondoso, pretenden resaltar el contraste entre lo poco que el ser humano tiene que hacer para la llegada del Reino de Dios y lo mucho que hace Dios mismo.
Y es que los resultados de la siembra no dependen tanto de nuestras capacidades, cuanto de la acción de Dios. A nosotros nos toca trabajar y esperar. Mirad, Jesús no quiere descorazonar a sus discípulos, tampoco a nosotros. Por eso nos habla de cosas tan pequeñas, de las más sencillas e intrascendentes. San Pablo nos lo decía en la segunda lectura que hemos escuchado: «Nos esforzamos en agradarlo». Es decir, nuestra vida tiene que ser sencilla, porque precisamente allí se revela el Reino de Dios y allí se da a conocer plenamente su voluntad. Allí comienza a crecer lo que debe acabar siendo el Reino de Dios entre nosotros. Ese Reino de Dios que crece sin demasiadas explicaciones, sin demasiados programas. Nos lo remarca Jesús al decir que hay un hombre que siembra y que, mientras él duerme o está despierto, la semilla va siguiendo su curso, va creciendo y dará fruto en el momento de la cosecha.
Y a ver... no vamos a negar que es cierto que muchas veces querríamos experimentar en nosotros y en nuestro pueblo ser como el gran árbol en que los pájaros anidan, y nos tenemos que conformar quizás con ser siempre como pequeñas semillas, destinadas a crecer lentamente, sin ver demasiado los frutos. ¡Sí! Querríamos ver el fruto de una vida ejemplar y llena de virtudes, los frutos de la catequesis, los frutos de una Iglesia misionera y con vocaciones en los diversos ministerios, querríamos ver una Iglesia acogedora y llena de amor hacia los otros; una Iglesia en que abunde la caridad para con los más pobres y llena de comprensión hacia los más desorientados; querríamos ver una Iglesia donde todos encontraran su sitio, donde se sintieran acogidos y miembros de pleno derecho. Querríamos una Iglesia que ofreciera sombra y que la Buena Nueva del evangelio llegara a transformar nuestras estructuras sociales, materialistas y llenas de intereses, donde las personas demasiadas veces no cuentan.
Pero, mira, por lo visto nos tendremos que conformar con ser siempre pequeñas semillas, como la del grano de mostaza, semillas que pasan desapercibidas en nuestro mundo. Semillas que no acaban de arrancar porque no tenemos una tierra bien dispuesta, porque hay una fuerte sequía de espiritualidad que no las deja crecer. Esta es nuestra pobreza, pero también nuestra riqueza, porque no somos lo que queremos ser, sino que nos tenemos que conformar con ser una pequeña semilla que prácticamente no se ve ni se conoce.  Por eso la palabra de Dios de este domingo nos previene contra la impaciencia y el desánimo al no percibir un crecimiento rápido del Reino de Dios.
Pues pidámosle a la Virgen María y, por qué no, a San Antonio, a quien hemos celebrado esta semana, que vivamos con la confianza de saber que el reino de Dios está en marcha; que es Él quien lo hace germinar y crecer; y que sepamos poner cada uno aquello que nos toca, que es sembrar y esperar sin cansancio ni desánimo.

viernes, 7 de junio de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLIV). Domingo X del Tiempo Ordinario.


Después de haber celebrado las fiestas pascuales y los domingos de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi, hoy volvemos a los domingos del Tiempo Ordinario. Son domingos en los que no celebramos ningún aspecto concreto del misterio de Cristo; sino más bien celebramos el mismo misterio de Cristo en su plenitud.
Y las lecturas de hoy nos muestran como desde la primera página de la historia de la humanidad, ya aparecen el mal y el pecado en el mundo. Sin embargo, Dios no abandona al hombre en su pecado, sino que compadecido, tiene la mano a todo el que lo busca. Y para eso nos envía a Jesucristo, que vino a este mundo a anunciarnos el Reino de Dios y a salvarnos por su muerte y resurrección.
Por eso que Jesús se encara abiertamente con los que decían que tenía dentro al diablo, ya que Jesús no solo no tiene un demonio, sino que ha venido a luchar contra el mal. Si tuviéramos que resumir el mensaje de las lecturas de hoy lo podríamos hacer afirmando que Satanás está perdido. Perdido. Pero  mientras tanto, como malo que es; bueno, como la maldad en sí que es, puede y va a dar mucho por el saco, metiendo cizaña por todas partes, en el mundo, en la sociedad y en nosotros mismos, intentando por todos los medios apartarnos de Dios.
Haremos bien, pues, en reconocer el mal que hay, tanto en la historia del mundo como en la de la Iglesia como en la particular de cada uno de nosotros, sabiendo que la victoria de Cristo contra el mal ya ha sucedido por medio de su muerte y resurrección, y nosotros estamos llamados a participar en ella; porque, como nos dice san Pablo en la segunda lectura, quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros.
¿Y mientras tanto, que tenemos que hacer? Pues cumplir la voluntad de Dios, como nos dice Jesús en el evangelio de hoy; aunque a la gente de hoy le parezca que estamos mal de la cabeza por ir contracorriente; pero teniendo presente que todos aquellos que cumplen la voluntad de Dios forman parte de la familia de Jesús. ¿Qué es difícil? Pues sí, claro que es difícil. Siempre ha sido difícil cumplir la voluntad de Dios. Pero no imposible.
Vamos a pedirle, pues, a nuestra Madre, la Virgen María, que sepamos poner de nuestra parte el esfuerzo necesario para que nuestra vida y nuestro mundo respondan a lo que Dios espera de nosotros; y aprovechemos que para ello el mismo Jesús no deja de perdonarnos cuando reconocemos sinceramente que le hemos fallado; nos da sus instrucciones por medio de su Palabra, nos da su Espíritu, y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 31 de mayo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLIII). Corpus Christi

 


Celebramos, dentro de nuestras posibilidades, con gran solemnidad uno de esos días que relucen más que el sol, que es la fiesta del Corpus Christi; una prolongación de la alegría pascual; una fiesta que se centra en la adoración de la Eucaristía, en la que Cristo se hace realmente presente cada vez que, cumpliendo su mandato de «haced esto en conmemoración mía», repetimos los mismos gestos y las mismas palabras que Él llevó a cabo en la Última Cena.
Es, pues, una fiesta de adoración, de alabanza, de acción de gracias a Dios por haberse querido quedar con nosotros hasta el final de los tiempos en este admirable sacramento.
Y las lecturas que escuchamos hoy resaltan sobre todo la dimensión sacrificial de la Eucaristía, centrándose en la Alianza del Señor con su pueblo; por un lado, la del Antiguo Testamento, sellada con la sangre de los sacrificios, figura de la Alianza nueva y eterna, sellada con la Sangre de Cristo que nos purifica de las obras muertas llevándonos al culto del Dios vivo, Alianza de la cual Él Señor Jesús es el Mediador.
Pero además, la Eucaristía, además de sacrificio, es también un banquete de comunión, cuyo alimento es el propio Cuerpo y Sangre de Cristo, realmente presente en las especies del pan y del vino. Por eso, nuestra actitud ante este gran misterio de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento, debe ser la de la adoración y la oración, sabiendo que Él, que se ha hecho alimento para nuestras almas, sigue presente tras la celebración litúrgica en el Pan y Vino consagrados y que reservamos en el Sagrario. No sé si nos damos cuenta, pero la suerte que tenemos de tener la reserva eucarística en nuestra parroquia es un don que no sabemos valorar. Jesús está en el sagrario, esperándonos, deseando que vengamos a verle y le adoremos y contemos nuestras cuitas y avatares de cada día. Mejor vecino no podremos esperar tener jamás.
Y unida a la fiesta del Corpus está la jornada de la caridad. La colecta económica de hoy está destinada a Cáritas, la institución eclesial que hace realidad el mandato del amor que Jesús nos dio en la última cena antes de instituir la Eucaristía. Y es que no podemos celebrar la Eucaristía en condiciones si nos desentendemos de nuestros hermanos que pasan necesidad. Que los tenemos, y no pocas veces más cerca de lo que pensamos.
Participemos, pues, con alegría en este Sacramento admirable en el que Cristo se nos da como alimento, y nos ofrece comulgar con su propia persona en su Cuerpo y su Sangre bajo las formas del pan y del vino.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

sábado, 25 de mayo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLII). Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Finalizado el ciclo pascual, que comenzamos el pasado febrero con la cuaresma y terminamos el pasado domingo, con la fiesta de Pentecostés, y que ha abarcado tres meses del año, la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio central de nuestra fe y de la vida cristiana. Hoy es un día en el que nuestra atención se centra en el misterio de Dios Uno y Trino, el Único Dios verdadero.
Mirad, todo está impregnado de la presencia trinitaria. Su presencia nos envuelve. Pero a pesar de ello, se escapa a nuestra comprensión; porque Dios es siempre mayor, siempre es más grande que nuestras ideas, más grandes que nuestras palabras y que nuestras respuestas. Y es que, como dice san Agustín, si lo comprendes..., no es Dios. Estarás hablando de otra cosa, pero no de Dios.
Pero aunque este misterio nos desborde y sea incomprensible para nuestra inteligencia, no quiere decir que no podamos conocer algo de Él, que de hecho, sí que se puede. Y se puede por una sencilla razón, y es porque Dios se nos ha revelado. Se ha revelado en Jesucristo, y mirando a Jesucristo, descubrimos un Dios inmenso y lleno de amor.
Es más, el misterio de la Trinidad está continuamente presente en nuestras celebraciones y en nuestra vida; pues comenzamos las celebraciones «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», las terminamos con la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; y estamos bautizados «en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo»; y desde ese día, es un Dios que ha querido habitar en nuestro corazón.
Vivamos, pues, en su presencia, dejémonos abrazar por su amor, por su ternura, por su misericordia, por su perdón... Abrámonos a su gracia, para que llene el vaso de nuestro corazón, sabiendo que ante Él no hay lugar para el miedo, sino para la confianza. La confianza propia de los hijos e hijas de Dios.

viernes, 17 de mayo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCLI). Domingo de Pentecostés

 

Hoy, Domingo de Pentecostés, se cumple la Promesa. Hoy el Señor lleva a plenitud el Misterio Pascual enviando el Espíritu Santo sobre los que había adoptado como hijos. El Espíritu de vida que había resucitado a Jesús de entre los muertos el día de Pascua ahora es derramado sobre toda la creación, empezando por aquellos que lo esperaban con ansias. Hoy, los cristianos pedimos con una sola voz y una sola alma que venga el Don de los dones, y renueve con su presencia al pueblo de Dios, a la Iglesia entera, que necesita de su fuerza, de su luz y de su gracia. Pedimos que renueve a este pueblo y lo llene con el mismo entusiasmo con el que llenó a los Apóstoles, que salieron en aquel primer Pentecostés cristiano a las calles y plazas para anunciar la salvación realizada por Cristo, dando así comienzo al tiempo de la Iglesia.
Pues bien, el Espíritu Santo, Mano actuante del Padre y Don de dones espléndido, sigue aleteando hoy sobre la faz de la tierra, renovándola constantemente como un viento suave que lo llena todo y lo ventila todo.   Y es que el Espíritu Santo es Luz que viene del cielo a iluminar las oscuridades del alma, la oscuridad del pecado, y a dejar relucir la verdad. El Espíritu Santo es Huésped que viene a habitar en la morada del corazón para ir conformándolo con la voluntad de Dios. El Espíritu Santo es ese Agua tan necesaria para la tierra del corazón humano, tan sediento de amor. El Espíritu Santo es Fuego, que ilumina y calienta, que quema lo malo y purifica lo bueno. El Espíritu Santo es el Consolador que, en estos tiempos de tanto sufrimiento viene a enjugar las lágrimas de tantos y tantos rostros...
Dejemos que el Espíritu Santo nos ilumine y fortalezca para que seamos capaces de superar frustraciones y desánimos, y nos haga vivir convencidos de que es posible caminar en la vida viviendo el Evangelio de Jesucristo, y que, como los Apóstoles, seamos testigos de Cristo en medio del mundo con nuestras palabras y nuestras obras.

Mn. Ramón Clavería Adiego.

viernes, 3 de mayo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCL). Domingo IV de Pascua



Pues, poco a poco, nos vamos acercando al final del Tiempo Pascual; el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y al siguiente el broche final, con la fiesta de Pentecostés. Pero la liturgia de este domingo nos sigue invitando a la alegría desbordante por la Resurrección de Jesucristo, animándonos a seguir celebrando con fervor sincero estos días de alegría en honor del Señor resucitado.
Y las lecturas de este domingo se centran claramente en la consigna del amor, que es la clave de la revelación del ser profundo de Dios, pues, como nos dice san Juan, Dios es amor, ¡Dios es amor!; y Cristo es la personificación perfecta de ese amor. Por eso el Maestro nos pide en el evangelio permanecer en su amor, y para ello nos deja un mandamiento nuevo, que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado.
Y es que permanecer en el amor de Jesús, supone experimentar un amor inmenso que hemos e irradiar a los demás. ¿Cómo? Pues ante todo, guardando su mandamiento de amar a los hermanos como Él nos amó. Y aquí no se trata de un amor de sentimientos y superficial que es engañoso y estéril, porque la palabra amor hoy día la hemos vaciado de contenido y a cualquier cosa la llamamos ahora amor; sino que se trata del amor de verdad, del amor que procede de aquel que nos ha amado tanto hasta entregarse nosotros en el madero de la cruz; porque el amor autentico es un amor que pasa por el sacrificio y la entrega de la vida, como el de Jesús, que fue víctima de propiciación por nuestros pecados.
Que la Virgen María nos ayude, pues, a que la alegría de Cristo resucitado siga inundando nuestros corazones, para que así, permaneciendo en su amor  y en su amistad, podamos se testigos valientes y generosos del Evangelio en medio del mundo.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.
 
 
 
 
 

viernes, 19 de abril de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLIX). Domingo IV de Pascua


Este cuarto domingo de Pascua es considerado como el «Domingo del Buen Pastor», ya que cada año se lee en la celebración de la Eucaristía un fragmento del capítulo 10 del evangelio de san Juan que hace referencia a este pastor identificado con Jesús que guía, que conoce personalmente y que da la vida por sus ovejas. Precisamente el Evangelio de hoy comienza con esa autoidentificación de Jesús: «Yo soy el Buen Pastor». Autoidentificación a la que sigue la característica fundamental de este Buen Pastor, que es que «da la vida por las ovejas». Por eso Jesús no es ni se presenta como un pastor cualquiera, sino como el Buen Pastor, al que le importan las ovejas, las conoce, y es capaz de dar la vida por ellas.
Y es que Jesús ha dado la vida por nosotros. Él ha muerto en la cruz por nuestra salvación y ha resucitado para que tengamos vida. Él es la piedra que los arquitectos desecharon y que se ha convertido en piedra angular.
Y fijaos en otra cosa. Y es que si somos cristianos, es decir, discípulos de Jesucristo, también tenemos que procurar seguir su ejemplo e imitarle en todo. Esa es nuestra vocación, nuestra meta, lo que da sentido a nuestra vida.  Por eso, a la luz de este discurso evangélico de Jesús sobre el Buen Pastor, tenemos que preguntarnos si nos consideramos responsables de los demás. Mirad; hoy es la jornada de oración universal por las vocaciones. Rezamos especialmente por las vocaciones sacerdotales y religiosas, que tanta... que tantísima falta nos hacen. Pero no podemos olvidarnos que cada uno de nosotros tenemos nuestra vocación cristiana; que a cada uno de nosotros Jesús nos llama a una misión concreta para bien propio y de los demás; que somos, para que me entendáis, una pieza en ese gran rompecabezas que son los planes de Dios, pieza que si falta, queda incompleto el proyecto.
Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María que nos ayude a que nos sintamos todos un poco más responsables de los demás; que realmente nos importen los otros, para que por nuestro testimonio cristiano y nuestro ejemplo puedan conocer al Buen Pastor, seguir sus pasos, y llegar a su redil.
Y... como es tradicional que diga en este penúltimo domingo de abril, el próximo domingo no se colgará esta entrada, puesto que estaremos en el Cerro del Cabezo celebrando la Romería a nuestra Madre, Reina y Señora, la Virgen de la Cabeza.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 12 de abril de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLVIII). Domingo III de Pascua

 

Hoy contemplamos otra de las apariciones del Resucitado a sus discípulos. Y en esta aparición vemos como Jesús resucitado abre el entendimiento de sus discípulos para que comprendan e interpreten las Escrituras. La primera lectura da buena fe de ello cuando Pedro, después de haber curado a un paralítico anuncia e interpreta que todo lo que ocurrió con Jesús, que padeció y resucitó al tercer día, fue para cumplir las Escrituras.
Y es que en Cristo muerto y resucitado se concentran y cobran sentido todas las Sagradas Escrituras, es decir, el Antiguo y el Nuevo Testamento, ya que Jesús es la plenitud de la revelación, y por lo tanto, la última y definitiva palabra de Dios a la humanidad. Él nos abre el camino de la vida y sigue realizando, de diversos modos, la renovación admirable de la humanidad; pues Él, como nos dice san Juan en la segunda lectura, es la garantía del perdón que Dios no cesa de darnos.
Mirad, la fe cristiana nos dice por activa y pasiva que Cristo ha resucitado. Que no es un fantasma, sino que está vivo. Por eso, cada celebración de la Misa ha de ser para nosotros una experiencia de encuentro con Jesús resucitado, que se hace presente en su palabra y en el Pan y el Vino de la Eucaristía, de manera que salgamos de aquí con más ganas de vivir nuestra fe, y no solo con buenas palabras, sino también con hechos, porque el Señor resucitado nos ha librado de la muerte, nos ha dado su misma vida y nos acompaña en nuestro caminar de cada día.
Que la Virgen María nos ayude, pues, a que en cada celebración de la Eucaristía arda nuestro corazón al escuchar la Palabra de Dios, y vivamos la alegría que nos da este encuentro con Jesús resucitado.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 5 de abril de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLVII). II Domingo de Pascua


Cuando ya terminamos con la «resaca» en el buen sentido de la palabra de las celebraciones de Semana Santa, que tienen su eco en esta semana que hemos terminado, llamada la Octava de Pascua, el evangelio nos quiere transmitir, entre otras, una idea fundamental, y es la de vivir la fe en comunidad.
Fijaos. Es muy común que la gente diga que no necesita ir a la iglesia para rezar. Es cierto. Cada uno puede rezar donde le dé la real gana. Pero si queremos encontrarnos con Jesús resucitado, tenemos que hacerlo en comunidad. Porque, como Él mismo anunció antes de su muerte y resurrección, donde dos o más estamos reunidos en su nombre, ahí está Él en medio de nosotros. Y es lo que ocurre. Los discípulos estaban reunidos, nos dice el evangelio, pasmados de miedo, pero el que Jesús resucitado se les aparezca es algo que les llena de alegría y les rescata del miedo y de la tristeza en que  se hallaban.
Pues bien, también hoy nosotros estamos invitados a vivir el gozo que sintieron los apóstoles cuando fueron visitados por el Señor en la misma tarde de la resurrección y recibieron el don de su paz y de su Espíritu; gozo que volvieron a experimentar en el octavo día –que vendría a ser el día de hoy, ocho días después de la Pascua-, cuando Jesús se hizo nuevamente presente ante sus discípulos que se hallaban reunidos de nuevo.
¿Y por qué insisto en la necesidad de estar en comunidad para encontrarnos con Jesús? Mirad; el ejemplo lo tenemos en Tomás. El primer día no estaba junto a los apóstoles, y no se creía lo que le decían. ¿A qué os suena?¿No os recuerda a tantas personas que no creen en lo que se les dice, que no aceptan la palabra de Dios, y que exigen pruebas por todas partes? Pero Jesús se las dio. Me habría gustado ver la cara de Tomás cuando se les apareciera Jesús aquel día... se quedaría con la boca abierta, pálido, a cuadros.... Su cara sería un poema.
Pero me gustaría que nos fijásemos en la bienaventuranza que proclama Jesús: «Bienaventurados los que crean sin haber visto». ¿Creemos? Os lo pregunto ¿Creemos? Pues si creemos en que Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado y vive para siempre, Jesús mismo nos está llamando bienaventurados.
Vivamos, pues, nuestra fe en comunidad, que por libre, nada se consigue. Valoremos este momento de encontrarnos con Él en la Eucaristía de cada domingo, escuchando su Palabra y comulgando su Cuerpo y su Sangre –que, por cierto, os recuerdo el mandamiento de comulgar por Pascua; y que nos se puede hacer de cualquier manera.... Nunca se puede comulgar de cualquier manera, sino que siempre, siempre, hay que comulgar en gracia de Dios. Lo contrario es un sacrilegio-.
Pidámosle, pues a María, que nos ayude y anime a encontrarnos cada semana con su Hijo resucitado para celebrar la Eucaristía, sacramento de su presencia en medio de los suyos, en el día llamado, con razón, Domingo, Día del Señor.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 22 de marzo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLVI). Domingo de Ramos


El Domingo de Ramos lo celebramos como un día de triunfo. Con las palmas y los ramos expresamos la alegría de caminar junto a Jesús en su entrada en la ciudad santa de Jerusalén para celebrar la Pascua, pues el Maestro quiere invitarnos en esta Semana Santa a estar a su lado y llevarnos a buscar, junto a Él, la Gloria y la Resurrección.
Y es que nos disponemos a celebrar el acontecimiento más grande la historia: que Dios, que pasa a nuestro lado, camina junto a nosotros y se hace presente en la historia como nuestro Salvador. Él quiere pasar de nuevo a nuestro lado para que lo sintamos en nuestro corazón, para que transformemos nuestras vidas y aprendamos su forma de amarnos.
Y tras el recuerdo de la entrada de Jesús en Jerusalén, la liturgia de este Domingo se centra en la pasión del Señor. La Iglesia quiere acompañar a su Señor, que en obediencia a la voluntad del Padre se dispone a entregar su vida por toda la humanidad. Mirad, san Marcos, en su relato de la Pasión, nos invita a que nos veamos reflejados en los personajes que describe, y veamos si estamos entre los que le aman, le traicionan, le olvidan, le niegan, se lavan las manos, se alejan y abandonan... o si estamos en los que descubren su divinidad y le reconocen como Hijo de Dios.
Celebremos, pues, con intensidad y con entusiasmo, en estos días santos, los grandes acontecimientos de nuestra Salvación. Aprendamos, junto al Señor a vivir los misterios que nos ganaron la Vida. Para ello, acudamos a la cita con Jesús, que nos convoca en Getsemaní, para después llevarnos al Cenáculo..., y no nos avergoncemos de acompañarle al Calvario. De este modo, descubriremos el triunfo del amor sobre el odio, la victoria de Dios frente al mal, el triunfo de la vida sobre la muerte.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 8 de marzo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLV). Domingo IV de Cuaresma

 

Toda la historia de la salvación evidencia un enfrentamiento ininterrumpido entre el misterio de las tinieblas y el misterio de la luz, disputándose la vida de los hombres. El misterio de las tinieblas son todos aquellos episodios cargados de rebeldías e infidelidades que traen a Israel grandes padecimientos y el posterior lamento y súplica. Y el misterio de la luz lo integra el designio amoroso de Dios, que nos ofrece la salvación y la santidad; su Palabra, que nos ilumina, su gracia, que nos santifica.
Así, en la primera lectura, tomada del segundo libro de las Crónicas, se interpreta la cautividad en Babilonia como el resultado de la infidelidad del pueblo a Dios y a su alianza, y su negativa a escuchar a los profetas. Pero, por encima del pecado del pueblo, resplandecerá la misericordia de Dios que les restituye la libertad y les permite restaurar el templo, símbolo de su presencia permanente en medio de ellos.
Por su parte, san Pablo, en la segunda lectura, de la carta a los Efesios, destaca de nuevo la acción redentora de la misericordia de Dios, que nos salva por pura gracia en virtud de la muerte y resurrección de Cristo; siendo la fe, como don gratuito de Dio, la garantía de esta salvación que Dios ofrece a toda la humanidad.
Y en el evangelio, Jesús anuncia a Nicodemo su entrega sublime en la cruz, la cual será causa de vida eterna y de salvación para todos los que crean. Mirad, el encuentro de Jesús con Nicodemo, representante de todo el pueblo judío, tiene una importancia de primer orden en el cuarto evangelio, pues Jesús, tras subrayar la importancia de un nuevo nacimiento por el agua y el espíritu, es decir, por el Bautismo, se presenta como el único que puede revelar el amor infinito de Dios por la humanidad, amor que espera por parte del hombre la respuesta de la fe para poder experimentar la vida de Dios. Pues bien, ese amor es el que ha llevado al Padre a entregar a su propio Hijo a la muerte más infame en el madero de la cruz. Y Jesús deja claro que la luz, signo de la acción de Dios, vencerá sobre la tiniebla, declarando el mal presente en el mundo y destruyéndolo para siempre.
Pues que la Virgen María nos ayude, para que mostrando ilusión y compromiso con nuestra fe, podamos dar testimonio del gozo que Dios ofrece a sus hijos, y contribuir a transformar nuestro mundo y hacer nuevas todas las cosas.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 1 de marzo de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLIV). Domingo III de Cuaresma


 
En la primera lectura vemos como el Señor entrega a Moisés los mandamientos como el fundamento de la ley que sostiene la alianza con su pueblo elegido. A través de ellos se realiza una relación nueva basada en la libertad, la fidelidad y el amor permanente con Dios y con los hermanos. Es, como nos dice el salmo responsorial, una ley perfecta y verdadera que indica el camino a la vida eterna.
Pues bien, la entrega de la ley a Moisés y al pueblo es un momento decisivo de la revelación de Dios y de su alianza. La escena de Jesús en el templo se aplica también a la ley: Él la purifica. Jesús revela que la verdadera vida no consiste simplemente en cumplir unas normas, que hay que cumplirlas, sino en tener un corazón nuevo, en vivir un espíritu interior en comunión con su Espíritu, que lo lleva a la fidelidad hasta la muerte y la resurrección.
Mirad, después de haber visto estos domingos anteriores en el Evangelio la experiencia espiritual del desierto y de la transfiguración, el resto de los domingos de Cuaresma se nos proponen textos que nos presentan catequesis sobre el misterio pascual. Así pues, la expulsión de los vendedores del templo es una ocasión para que Jesús lo reivindique como casa de oración –casa de oración, eh... no casa de conversación. Casa de oración–, a la par que revela el triunfo del misterio de su muerte y resurrección cumplido en su propio cuerpo, verdadero templo donde habitará por siempre la gloria de Dios para el mundo. A partir de ahora, la presencia de Dios no tendrá lugar ya en un edificio de piedra, sino en la persona misma de Jesús. Y de hecho, el templo de Jerusalén fue destruido pocos años después... y así sigue hoy, derruido, quedando solo en pie el muro de las lamentaciones, porque el nuevo templo de Dios, insisto, el nuevo templo es Jesucristo.
Vamos, pues, a seguir caminando hacia la Pascua. Caminando siendo conscientes de que con Jesús tenemos línea directa con Dios; y  teniendo en cuenta que los proyectos de Dios, por incomprensibles que parezcan, son siempre más sabios y eficaces que los proyectos de los hombres; pues sólo la palabra de Dios es fuente de verdadera sabiduría, fuente de salvación, una salvación que deriva de la misteriosa locura de la cruz.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 16 de febrero de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLIII). Domingo I de Cuaresma


Hoy la Palabra de Dios nos propone acercarnos a dos de los grandes temas cuaresmales, que son la alianza y la lucha penitencial contra el mal. La alianza que vemos en la primera lectura que Dios hizo con Noé es signo del pacto de amor que el Señor tiene con cada uno de nosotros en virtud del Bautismo que hemos recibido. Mirad, el relato del Génesis nos refiere que el diluvio no es un castigo más, sino una gran oportunidad de comenzar de nuevo, pues es el motivo de una alianza inquebrantable entre Dios y los hombres; del pacto amoroso de Dios con la humanidad redimida, que tiene su origen en la inmersión renovadora en las aguas del Bautismo, donde cada creyente inicia su camino hacia la gloria en virtud de la fuerza salvadora de la muerte y resurrección de Cristo.
Pero el camino hacia la gloria está también lleno de trampas, de tentaciones, para apartarnos de la senda de la salvación. De hecho, en el evangelio vemos como Jesús es empujado por el Espíritu Santo al desierto para vivir un tiempo de prueba como preparación para su misión mesiánica. Nosotros somos tentados, si, es cierto . Pero Jesús también fue tentado; y sufriendo y venciendo las tentaciones nos demuestra que el mal siempre puede ser vencido desde la conversión y la fe. Cierto que en la vida cristiana nunca falta la lucha contra todo aquello que nos aparta de Dios; lo sabemos bien; y a veces tendremos la sensación de que somos demasiado pequeños y débiles ante la tentación. Pero el Señor siempre viene a nuestro lado para defendernos y ayudarnos.
Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María, que en este tiempo de Cuaresma, todos los cristianos, iluminados por la Palabra de Dios y fortalecidos con el Pan de la Eucaristía, recibamos del Señor la fuerza necesaria para vencer las tentaciones que pretenden apartarnos de su lado, y así vivamos una auténtica experiencia de encuentro con Jesucristo y, con espíritu de verdadera conversión, seamos capaces de vivir sinceramente el Evangelio, danto testimonio de vida cristiana ante todos.
Recorramos, pues, con espíritu de conversión sincera este tiempo de Cuaresma que Dios nos regala con la mirada puesta en la Pascua, donde Cristo triunfará sobre el mal y la muerte para darnos vida.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 9 de febrero de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDXLII). Domingo VI del Tiempo Ordinario



Las lecturas de hoy señalan los signos que evidencian la llegada del Reino de Dios. El evangelista san Marcos resalta la misericordia de Jesús ante el sufrimiento humano, pero no como una actitud humana, sino para mostrarnos el poder que el Hijo del Hombre recibe de quien lo envía para librarnos de la peor enfermedad, que es el pecado.
Mirad... la primera lectura nos cuenta como los leprosos eran prácticamente unos muertos andantes, seres que debían vivir aislados, porque eran impuros y transmitían esa impureza. Era un auténtico drama. Bueno, pues uno de los dramas de nuestro tiempo es que muchos no se sienten queridos. Se sienten, en cierto modo, como los leprosos en tiempos de Jesús, aislados de todo y de todos.
Pero fijaos... nuestro Dios, el Dios que nos revela Jesucristo, no es un dios neutral... no es una especie de energía ajena a nuestra vida, que de tanto en cuando se activa, no. Nuestro Dios es un Dios que nos busca, que toca nuestras heridas y se compadece de nuestra enfermedad... Qué bien nos viene recordar esto hoy, día de la Virgen de Lourdes: nuestro Dios viene a curarnos. ¡Quiere curarnos! Pero la enfermedad principal que tenemos es el pecado, y el gran problema, es que no nos damos cuenta de que somos pecadores. Como ni matamos ni robamos, no tenemos pecados ¿verdad? ... ¡Qué buenos somos todos!... ¡Ay, qué ciegos vamos por la vida si pensamos así! Porque un enfermo, para curarse, lo primero que tiene que admitir es que está enfermo. Y si nosotros no reconocemos ni admitimos que nuestra alma está tocada por la lepra del pecado... lejos estaremos de poder ser sanados. De verdad, ¿en vez de ser tan cabezudos y soberbios como somos, no podríamos ser como aquel leproso que, acercándose a Jesús, le suplicó que lo curase? No sabemos valorar lo que tenemos. El desprecio que se vive al sacramento de la confesión es preocupante, y denota una falta de conocimiento de la doctrina católica, y aun peor, una gran falta de fe. Esa cerrazón por no confesarnos, nos impide acercarnos realmente a Dios, que no es ajeno a nuestras necesidades, pero que tampoco se deja reducir a nuestros caprichos y fantasías. Un Dios al que rezamos, pero que también nos pide, como dice san Pablo, que seamos imitadores de Cristo. Es un Dios tan pequeño como el menor de nuestros problemas, pero tan grande que no se puede reducir a nuestros egoísmos ni a nuestras banalidades. Es un Dios que se deja tocar... Sí, se deja tocar... Pero no se deja manipular. Es el Dios que es amor, y que nos demuestra ese amor... ¡en la cruz!
Jesús quiere limpiarnos... ¡Dejémonos limpiar por Él!

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.

viernes, 2 de febrero de 2024

REFLEXIONES DE LA PALABRA (DCXLI). Domingo V del Tiempo Ordinario


Las lecturas de este domingo nos presentan cómo Dios ve y atiende los sufrimientos de los necesitados, y como suscita el encuentro con Él a través de la oración, mostrándonos a Jesús como el Señor que sana los corazones destrozados y que venda sus heridas.
En el Evangelio se nos narra cómo curó a muchos enfermos de diversos males, cómo después se levantó de madrugada se puso a orar; y cómo desde allí salió a predicar a las aldeas cercanas, pues para eso había venido.
Pues bien, también nosotros estamos llamados a evangelizar, aunque muchas veces nos cueste y lo veamos todo más negro que Job en la primera lectura. Porque, fijaos, creo que no me equivoco si digo que a todos nos gusta leer los evangelios en los que el Señor tiene éxito, es escuchado y apreciado por su pueblo. Como nos dice hoy san Marcos, que nos cuenta como la gente se agolpaba en la puerta de su casa, y allí Jesús derramaba su misericordia sobre los enfermos y poseídos. ¡Y cuánto nos gustaría ver que la iglesia disfrutara de ese éxito! No lo neguemos... Nos gustaría ver las iglesias llenas, los obispos y los curas nos gustaría ser respetados y escuchados siempre, los conventos y los seminarios abarrotados, las misiones llenas de vida... Pero ¡ay amigo...! ¡La realidad es muy diferente!
Y es que Dios no ha venido a asegurarnos el éxito, ni podemos confundir a Dios con el triunfo; porque si vamos por ese camino, si llega el fracaso, podríamos asimilar que la irrelevancia, la decepción o la pobreza significasen la ausencia de Dios, y si su silencio se prolonga, hasta llegaríamos, como he hecho mucha gente hace, llegaríamos a negar la propia existencia de Dios.
Pero mirad, el éxito mundano no es el objetivo fundamental de nuestra vida espiritual. cada uno podríamos recordar cuantas decepciones y sufrimiento y amarguras hemos acumulado con el paso de los años. Incluso en la vida religiosa y en el servicio a Dios, las frustraciones pueden llegar a ser habituales y pueden llegar a poner en duda nuestra propia vocación... Pensad por ejemplo en los curas de pueblo... (pero de pueblo, pueblo; de esos pueblos del en que no llegan a mil habitantes y que en su mayor parte casi no alcanzan los cien o doscientos) que viendo las iglesias casi vacías, la gente que no se casa, y los pocos que lo hacen por la Iglesia, los críos que no se bautizan y algunos que ya no quieren ni comulgar, por no decir los pocos que se confirman...., seguimos ahí, al pie del cañón, con más moral que el Alcoyano ( o que los aficionados del Zaragoza, si me apuráis).
Bueno, pues, como os decía, no estamos llamados al éxito, sino a dar a conocer el evangelio, como nos dice san Pablo: «¡Ay de mi si no anuncio del Evangelio!»; y a hacerlo con honestidad y valentía, sin miedo y sin cobardía; pero sin las miras humanas que valoran las acciones por su resultado y al final acaban pesando el valor de las personas... Ojalá pudiéramos decir con el apóstol que todo lo hacemos por causa del evangelio.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que viviendo unidos en Cristo por la oración, y especialmente en la Eucaristía, demos fruto con gozo para la salvación del mundo; trabajando por ser una Iglesia evangelizadora, comprometida, como Jesús, en la sanación de las almas, y alegre como Pablo por el gozo de haber sido enviados a la misión.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.