A medida que nos vamos acercando al final de la Cincuentena
Pascual y nos aproximamos a las fiestas de la Ascensión y de Pentecostés, la
liturgia quiere insistir de modo especial y explícito sobre la tercera Persona
de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Por eso, la liturgia de la Palabra
de hoy tienen como protagonista central al Espíritu Santo, el Paráclito que, en
el Evangelio que proclamamos hoy, promete enviarnos. Y fijaos bien que digo
esta palabra tan rara “Paráclito”, con la que denominamos al Espíritu Santo a
posta. ¿Por qué? Bueno, pues en primer lugar, porque en la traducción oficial
de la Biblia española viene traducido así, fielmente del original griego, pero
también porque “paráclito”, es una palabra con un significado muy profundo
teológicamente, y es bueno que sepamos cual es. ¿Y cuál es la traducción de “paráclito”.
Pues bien, “paráclito” se traduce por “defensor”, como “el que intercede para
ayudar”. Por eso Jesús hoy, en el Evangelio, nos está prometiendo que va a
enviarnos el Espíritu Santo para que nos defienda y nos ayude.
¿Y para qué tiene que ayudarnos el Espíritu Santo? Pues para
lo más elemental: para acoger, amar y seguir fielmente a Jesucristo aceptando y
guardando sus mandatos; pues nuestra acogida al mensaje evangélico nos tiene
que llevar a cumplir los mandamientos del Señor, a dar razón de nuestra
esperanza en medio del mundo en que nos toca vivir, y a testimoniar que
Jesucristo es el único Salvador del mundo, que no nos deja tirados a nuestra
suerte, sino que, fiel a su promesa, está y estará siempre con nosotros.
Mirad, la lectura del libro de los Hechos es la mejor prueba
de que Jesús cumplió su promesa y envió al Espíritu Santo sobre los Apóstoles.
En ella se nos da cuenta de la primera gran persecución violenta que sufrió la
Iglesia y la primera gran misión evangelizadora... Y si toda la comunidad
cristiana de Jerusalén se dispersó, el Espíritu Santo convirtió esa gran prueba
en una gran oportunidad de anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado.
Bueno, pues la situación en que ahora se encuentra la
Iglesia en la vieja Europa y en España, vemos que es de indiferencia
generalizada cuando no de clara hostilidad a la fe cristiana –os podría contar
ejemplos claros que les está tocando vivir ahora a varios amigos míos–. Sin
embargo, el Espíritu Santo puede convertirla en una gran oportunidad para que
un pequeño resto de cristianos lleve a cabo una evangelización formidable y se
convierta en un acicate para despertar la conciencia dormida de tantos cristianos,
y así, todos seamos capaces de dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos
la pida.
Que Santa María, pues, nos ayude, para que todos nosotros
cumplamos con fidelidad los mandatos de Cristo y así demos razón de nuestra
esperanza a todos aquellos con quienes convivimos día a día.
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