Este tercer domingo de Cuaresma inicia la segunda parte del
itinerario espiritual que comenzamos con la imposición de la ceniza. A partir
de hoy, los temas que veremos en los próximos domingos serán eminentemente
bautismales, para ayudarnos a descubrir y renovar nuestro bautismo.
Por eso, el diálogo con la samaritana nos presenta la
simbología bautismal del agua. Durante muchos siglos este fragmento del
evangelio era una catequesis obligatoria para los que iban a recibir el
bautismo. Y es que el encuentro de la samaritana con Jesús manifiesta que en la
humanidad de Jesús el creyente encuentra la propia realización, puesto que
Cristo es el agua viva, la roca golpeada de la que brota el agua del Espíritu
que introduce al creyente en una vida nueva. Y el agua viva que Él nos ofrece
es su gracia, la gracia que recibimos en el bautismo, que recuperamos en la
Penitencia, que avivamos en la oración y en la Eucaristía.... Por esa gracia
nacimos en el bautismo como hijos e hijas de Dios, y adoramos al Padre en Espíritu
y verdad.
Y la samaritana también nos representa a todos nosotros.
¿Por qué? Pues porque como ella, nosotros necesitamos cambiar, necesitamos
convertirnos. Es posible que muchos de nosotros no estemos muy lejos de Dios,
que no necesitemos una conversión fuerte o repentina, como necesitó la
samaritana; pero sin embargo, después de mucho tiempo, nos falta dar el paso
definitivo que nos haga verdaderos seguidores del Señor Jesús y no ser sólo
meros espectadores, que no se atreven a pedir a Jesús el agua vivificadora de
esa fuente de agua viva, que mana de la Eternidad. Por eso que nos vendrá bien
hoy recordar que, en este camino cuaresmal que estamos recorriendo, no podemos
olvidar que, sin la ayuda del Señor, todos nuestros esfuerzos estarán
condenados al fracaso. Metámonoslo bien en la cabeza: necesitamos de la ayuda
de Dios. Dependemos totalmente de Dios. Sin su ayuda, no podremos hacer nada.
Que Santa María nos ayude, pues, para que sintamos sed de
Dios, y esta sed nos ayude en la búsqueda de los manantiales donde brota el
agua de la vida, en la búsqueda de Cristo, y sepamos decirle, con humildad y
confianza: Señor, dame de beber.
Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Abril Romero.
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